Parar no es rendirse, es escucharse
A muchas mujeres les cuesta parar, no porque no estén cansadas, sino porque han aprendido que parar es fallar, abandonar o defraudar a alguien, ya que parar se asocia a perder, a quedarse atrás, a no estar a la altura, y así, incluso cuando el cuerpo y el alma lo piden, se sigue adelante por inercia, por responsabilidad, por costumbre, pero parar no siempre significa detenerlo todo, a veces significa dejar de huir de una misma, dicho de otro modo, hay pausas que no son descanso, sino valentía, pausas que no buscan comodidad, sino claridad, paradas conscientes que permiten mirar lo que está pasando antes de que el malestar se haga más grande, porque el problema no es parar, el problema es no saber desde dónde se vive cuando no se para nunca.
Muchas mujeres llegan a un punto en el que ya no saben qué quieren, no porque no tengan deseos, sino porque llevan demasiado tiempo sin escucharlos. Han estado disponibles, resolutivas, presentes para todo… menos para sí mismas, parar, en ese caso, no es un lujo, es una necesidad interna, ya que no se trata de hacerlo perfecto ni de tener todas las respuestas, se trata de darse permiso para hacerse una pregunta honesta:
¿desde dónde estoy viviendo mi vida ahora?, porque cuando esa pregunta aparece, algo empieza a recolocarse.
Sin prisa.
Sin culpa.
Con respeto.
Preguntas para tu viaje interior:
-
¿Qué te impide parar cuando sabes que lo necesitas?
-
¿Qué miedo aparece cuando te imaginas bajando el ritmo?
-
Si te dieras permiso para una pausa consciente, ¿qué cambiaría?
Parar no te aleja de tu camino, muchas veces, es lo que te devuelve a él.
